Empezaba mi segundo año en el Internado Reifenstahl, el último curso. No me ilusionaba estudiar ahí, pero no había nada que yo pudiese hacer contra la decisión de mis padres.
Todas las veteranas debíamos compartir habitación con la alumna de primero que nos fuera asignada. El año pasado mi compañera llegó a convertirse en una hermana mayor: me ayudó con las asignaturas, me contó todo lo que necesitaría saber sobre los profesores y me escuchó cada vez que una mirada o un comentario en la clase se convertía en un drama adolescente.
Yo quería ser ese tipo de apoyo para Line, a quien vi por primera vez al entrar en mi nueva habitación. La encontré sentada en una silla, junto a su maleta, todavía cerrada. Su rígida postura le hacía parecer una de esas antiguas muñecas de porcelana, algo que quedaba acentuado con la blancura de su tez y la penetrante mirada que me dirigió. Me pareció una chica tímida, luego descubrí que solo estaba insegura. Todo lo que le rodeaba era nuevo y necesitaba coger confianza.
Ella esperó a que yo terminase de organizar mi espacio para empezar a deshacer su maleta. No tardé en preguntarle por la cámara fotográfica que cuidadosamente separó del resto del equipaje. Se trataba de una Canon similar a la de mi padre, la que tantas veces utilicé sin su permiso.
A través de la fotografía fui descubriendo a Line. Compartimos las técnicas que manejábamos, incluso llegó a enseñarme sus álbumes personales. Conforme la iba conociendo fue cambiando la imagen que tenía de ella, dejé de verla tan fría y distante para convertirse en esa niña sonriente que cada noche me contaba ilusionada cómo había transcurrido su día.
Parecía que esa sonrisa no se le iba a borrar nunca, sin embargo, no fue así. No sé exactamente cuándo pasó, yo andaba distraída entre un examen y otro hasta que me di cuenta de que ella no sesentía bien. En cuanto la escuché llorar sola en el baño quise hablar con ella, pero no sabía cómo empezar. Esa misma semana pude fijarme en unas heridas sin cicatrizar que intentaba disimular adornando su brazo con pulseras. Bastó verle así para decidir que hablaría con ella esa noche.
Pensaba que necesitaría insistir para averiguar qué le pasaba, aunque no hizo falta. Me sorprendió la facilidad con la que me contó cómo un profesor había aprovechado la oscuridad del patio durante la noche para abusar sexualmente de ella. Esto había ocurrido pocos días antes, Line no lo había hablado con nadie, estaba demasiado asustada. Me tocaba dar la cara.
No pensaba vengarme de ese profesor, ni tampoco convertirlo en un escándalo público. Yo no era nadie para decidir qué debía pasar, solo podía dejarlo en manos de sus superiores. De esta forma llegué hasta el despacho del director, un tipo duro con el que nunca antes había hablado. Ese hombre cohibía a cualquier alumna que estuviese sentada frente a su mesa. Sin embargo, yo no podía permitírmelo. Sin ninguna sutileza le informé de lo que le había ocurrido a Line. No recibí la reacción comprensiva que me esperaba, solo respuestas del tipo: “Seguramente no sea nada, aunque estaremos atentos” o: “Muchas alumnas inventan todo tipo de cosas para librarse de un profesor, veremos qué pasa más adelante”. Todo ello me obligó a insistirle en que hablara directamente con mi compañera.
Con reiterativos movimientos manuales esperé al otro lado del despacho hasta que Line o el director terminaran su reunión. Me sentía más asustada que nerviosa, más indignada que preocupada. Por suerte no tardaron mucho en salir. La cara de ella no expresaba nada, una mirada vacía. Él me miraba extrañado, con interés. Se acercó a mí con curiosidad y esperó a que nos quedáramos solos para preguntarme por qué lo había hecho, de dónde había sacado todas esas mentiras y para qué le metía a mi amiga en ellas.
Line le había mentido, o me había mentido a mí. De ninguna de las dos formas tendría sentido, por eso empecé a dudar: ¿ella se inventaría algo así?, ¿y si nunca lo hizo? Con el tiempo llegué a estar segura de que su profesor jamás la tocó, aunque sabía que ella no tenía motivos para imaginárselo. Descarté un montón de posibilidades hasta plantearme si realmente llegó a contarme lo que yo recordaba.
Después de una año dándole vueltas solo me quedaba por descartar una opción: mi propia locura. La única forma de superarlo era eseperar a que Line se sincerara conmigo. Llegué al Internado Reifenstahl en el que ya había terminado mi último curso. Una vez allí traté de encontrarla en su habitación, donde dos alumnas me aseguraron que Line no pertenecía al centro. Sin embargo, no necesité buscarla para confiar en mi cordura, cuando pregunté a sus compañeras por ella me hablaron del centro psiquiátrico en el que la ingresaron tras diagnosticar su esquizofrenia.
Me sentí aliviada, nadie había mentido y yo no estaba loca. Lo sentí mucho por Line, apunté el nombre de su residencia y me propuse ir a visitarla. Sin embargo, por muy egoísta que suene, mentiría si dijese que no me alegro de que fuese ella y no yo.
(Patricia Rodríguez Aranguren, cuento)
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27 noviembre, 2012
20 noviembre, 2012
Mi nombre es Billie
Quiero pensar que hoy es un día importante, que estoy tomando la
decisión que cambiará mi vida. Me gustaría engañarme mientras cruzo el umbral
de la puerta. Probablemente ya lo he conseguido, me hago creer que salgo de esa
casa teniendo en cuenta las consecuencias, habiendo analizado mi situación
antes de decidir que no seguiría viviendo allí.
Mi nombre es Billie, no es la abreviatura de William, ni una forma
cariñosa de llamarme, qué va. Hace 14
años mi madre mandó escribirlo en el hospital donde nací, a pesar de que en un
primer momento la matrona se negaba a darme ese nombre. Le parecía impropio
para un niño, elegido por una mujer drogadicta que a los dos días de dar a luz
me abandonaría. Pero esa enfermera se equivocaba, no en lo referente a las
drogas, pero si en lo que me depararían los días siguientes, ya que mi madre no
me separó de su lado ni un solo instante.
Me pregunto qué me habría pasado si mi madre me hubiese abandonado, si
mis días en la calle habrían estado contados o si, milagrosamente, alguna joven
pareja me habría acogido en su familia. Suelo imaginarme cómo habría sido mi
vida educándome en una de las mansiones de Beverly Hills, entre los estudios de
las colinas de Hollywood o tutelado por grandes empresarios de Silicon Valley.
Destinos ilimitados de los que mi madre me privó, o me salvó.
Sin embargo, el hogar que dejo atrás no era más que la pequeña casa de
Berkeley que mis padres habían ocupado desde su propia emancipación. Podría
describirla como cuatro paredes más dentro de ese suburbio urbano, hablar de
todo el vandalismo que veía a través de mi ventana y contar cómo crecí entre la
criminalidad de aquel barrio. Pero todo eso es parte de lo que soy, una ciudad
que llegó a ser la cuna del movimiento hippie, una madre que en plena década de
los 90 seguía viviendo veinte años atrás y un padre al que solo veía cada vez
que salía de la cárcel, antes de que le encontraran robando algún bolso para
pagar su adicción.
Sentado en el porche me escondo del mundo para reflexionar, dedico a mi
infancia esos insignificantes minutos de la noche más decisiva. Es demasiado
tarde para echarse atrás. Ya estoy fuera con aquello que necesitaré, esa
guitarra a la que no era capaz de culpar de mi situación, junto a mis objetos
personales, si así podemos llamar a mi triste equipaje. Apenas ocupaban espacio
estas pertenencias, me hubiese gustado que no fuera así, aunque me resultaría
mucho más práctico para llevarlo en una misma bolsa, junto al dinero.
No había tenido tiempo de contar todos esos billetes, o no había querido
hacerlo por miedo a que no fuera suficiente para pagar mi deuda al Sr. Jimmy. Ni siquiera me había parado a pensar qué
hacía semejante cantidad escondida en mi propia casa, ¿realmente creía que
pertenecía a los pobres camellos que me habían educado? Sabía que mis padres no
podrían haber recaudado ni la mitad de ese dinero en toda su vida, pero si me
detenía a buscar respuestas perdería la única oportunidad de no acabar
enterrado por los matones del Sr. Jimmy.
Me levanté del suelo, incorporándome con el mayor sigilo. Miré la puerta
cerrada, despidiéndome así de la que
hasta ahora había sido mi vida. Me dispuse a bajar esos cuatro escalones con un
miedo que nunca antes había sentido. Anduve durante casi media hora hasta
llegar al casino donde solían decir que no era difícil encontrar al Sr. Jimmy.
Yo nunca había visto al gran dueño de la ciudad, incluso había pensado que se
trataba de un mito, pero llegó un momento en el que tuve un proyecto, y cuando
necesité dinero recurrí a él.
Mi proyecto tenía nombre, Sweet Children, la banda de rock a la que
debería renunciar si no podíamos pagar el local y todo el material prestado.
Contactar con el Sr. Jimmy no fue difícil, ya que el barrio entero hablaba con
él, pero nadie lo hacía directamente. Preguntando por las calles acabé
contactando con uno de sus hombres, que me entregó la cantidad de marihuana suficiente
para salvar mi grupo y pagarle los correspondientes intereses si conseguía
venderla a tiempo. Una mercancía que desapareció el mismo día que entró en mi
casa.
Frente al casino reconocí a uno de los hombres del Sr. Jimmy. Se dirigió
a mí como William, el nombre que les di. Quise entregarle el dinero y
desaparecer de esa ciudad, pero insistió en llevarme a hablar con su jefe.
Aterrorizado, le seguí hasta la puerta de aquel elegante infierno, custodiada
por dos hombres más al servicio de mi deudor.
Mientras uno de ellos nos abría las puertas dirigí mi mirada al otro
hombre, momento en el que mi corazón aceleró sus latidos, consciente de que en
cualquier instante podría frenar su funcionamiento. El rostro atónito de mi
padre se encontraba bajo el sombrero de aquel hombre. A través de las mangas de
esa sucia americana se asomaban las manos que me habían dado de comer, las que
me habían ayudado a andar y me enseñaron cuánto podía doler la bofetada de un
padre. Esas mismas manos fueron las primeras en reaccionar. Durante el segundo
más eterno de mi vida pude ver cómo mi padre sacaba una pistola del interior de
esa chaqueta, pude oír un disparo, dos, tres, no sé cuántos. Esa misma mano
agarró la mía y, tirando de ella, me alejó de aquella sádica escena.
06 noviembre, 2012
Tu hijo
Todos los días venía un coche de la familia a recogerme a la salida del colegio. No sé muy bien cuántos teníamos, cinco o seis, puede que fueran más, todos tan negros y brillantes que yo era incapaz de diferenciarlos. Aquel viernes conducía un hombre al que hacía semanas que no había visto, desde la última vez que papá salió de viaje. En ese momento supuse que mi padre había vuelto a casa, así que me senté contento en el asiento trasero, deseando llegar y que me abrazase.
Bajé del coche y atravesé corriendo el jardín hasta la puerta en la que mamá me recibe sonriendo. Me besó la cabeza y me hizo pasar diciéndome que tenía una sorpresa para mí, pero yo ya sabía lo que era. Entramos en el salón, donde encontre una pequeña caja envuelta en papel de regalo. Ella me miraba alegre esperando que corriese a abrirlo, mientras que yo le miraba indeciso sin saber si debía preguntarle por papá. Finalmente lo hice y ella asintió. Él había llegado esa misma mañana y ahora estaba reunido en una de las salas con otros hombres importantes, amigos de la familia, así los llamaban.
Mientras esperábamos a que acabara su reunión, mi madre insistió en que abriese ese envoltorio por el que todavía no había mostrado interés. Hacía dos semanas que yo había cumplido los 8 años y papá me había traído su regalo desde ese sitio que había visitado, no sé muy bien dónde. No quería verle triste a ella, así que lo abrí. En su interior encontré un sobre de papel muy fino, casi trasparente, con unas entradas que podían haber sido para un partido de béisbol local, de fútbol americano o incluso de la liga universitaria de baloncesto. Pero no, esas dos entradas tenían muchísimo más valor para cualquiera, salvo para un niño americano sin ningún interés por acudir a una de esas competiciones en el hipódromo.
Creo que este era el deporte favorito de papá: las carreras de caballos, y esta debía de ser una de las más importantes de los últimos años. Él siempre estaba hablando de ellas con los amigos de la familia, decían quién creía que iba a ganar y cómo haría para que ganase. A eso le llamaban apuestas. Le daban muchísima importancia a esos caballos; sin embargo, nunca vi a mi padre montar ninguno de ellos.
Unas horas después se abrió la sala en la que estaban reunidos, dos de los hombres de papá se quedaron en la puerta mientras los amigos de la familia le besaban la mano. Desde un sofá del vestíbulo mi madre y yo veíamos cómo cada amigo se dirigía a la salida después de esa despedida, un beso en el anillo familiar. Desde hacía años sospechaba que se trataba de un saludo secreto, como el choque que tenía yo con mis amigos de clase, algo personal que nos daba esa identidad de grupo.
Cuando terminó de despedir a sus amigos mi padre se acercó al sofá y puso su mano sobre mi cabeza, despeinándome con cariño mientras me decía: "Feliz cumpleaños, hijo. Siento no haber venido antes, ¿te gustó mi regalo?", y yo asentía con timidez, cohibido por su grave y potente voz. Quise abrazarle, levantarme y apretar con toda mi fuerza la cintura del hombre al que más admiraba. Sin embargo, la elegancia de su chaleco gris con el impoluto blanco de su camisa y la delicadeza con la que se colocaba el borsalino definían una figura suficientemente poderosa como parar provocar el tembleque de mis delicadas piernas descubiertas. Elegí permanecer sentado apretando la mano de mi madre mientras los hombres de papá le miraban con respeto.
Yo era demasiado pequeño como para pensar en mi futuro, pero no dejaba de hacerlo. Deseaba que algún día me mirasen como lo hacían los hombres de papá, que nunca me llevasen la contraria y siempre obedecieran a mis palabras. Me gustaría andar como él por un barrio en el que todo el mundo me admirara y me obsequiara con regalos. Sin embargo, me aterraba la idea de imaginarme a mis hijos incapaces de levantarse para abrazarme.
(Patricia Rodríguez Aranguren, cuento)
Bajé del coche y atravesé corriendo el jardín hasta la puerta en la que mamá me recibe sonriendo. Me besó la cabeza y me hizo pasar diciéndome que tenía una sorpresa para mí, pero yo ya sabía lo que era. Entramos en el salón, donde encontre una pequeña caja envuelta en papel de regalo. Ella me miraba alegre esperando que corriese a abrirlo, mientras que yo le miraba indeciso sin saber si debía preguntarle por papá. Finalmente lo hice y ella asintió. Él había llegado esa misma mañana y ahora estaba reunido en una de las salas con otros hombres importantes, amigos de la familia, así los llamaban.
Mientras esperábamos a que acabara su reunión, mi madre insistió en que abriese ese envoltorio por el que todavía no había mostrado interés. Hacía dos semanas que yo había cumplido los 8 años y papá me había traído su regalo desde ese sitio que había visitado, no sé muy bien dónde. No quería verle triste a ella, así que lo abrí. En su interior encontré un sobre de papel muy fino, casi trasparente, con unas entradas que podían haber sido para un partido de béisbol local, de fútbol americano o incluso de la liga universitaria de baloncesto. Pero no, esas dos entradas tenían muchísimo más valor para cualquiera, salvo para un niño americano sin ningún interés por acudir a una de esas competiciones en el hipódromo.
Creo que este era el deporte favorito de papá: las carreras de caballos, y esta debía de ser una de las más importantes de los últimos años. Él siempre estaba hablando de ellas con los amigos de la familia, decían quién creía que iba a ganar y cómo haría para que ganase. A eso le llamaban apuestas. Le daban muchísima importancia a esos caballos; sin embargo, nunca vi a mi padre montar ninguno de ellos.
Unas horas después se abrió la sala en la que estaban reunidos, dos de los hombres de papá se quedaron en la puerta mientras los amigos de la familia le besaban la mano. Desde un sofá del vestíbulo mi madre y yo veíamos cómo cada amigo se dirigía a la salida después de esa despedida, un beso en el anillo familiar. Desde hacía años sospechaba que se trataba de un saludo secreto, como el choque que tenía yo con mis amigos de clase, algo personal que nos daba esa identidad de grupo.
Cuando terminó de despedir a sus amigos mi padre se acercó al sofá y puso su mano sobre mi cabeza, despeinándome con cariño mientras me decía: "Feliz cumpleaños, hijo. Siento no haber venido antes, ¿te gustó mi regalo?", y yo asentía con timidez, cohibido por su grave y potente voz. Quise abrazarle, levantarme y apretar con toda mi fuerza la cintura del hombre al que más admiraba. Sin embargo, la elegancia de su chaleco gris con el impoluto blanco de su camisa y la delicadeza con la que se colocaba el borsalino definían una figura suficientemente poderosa como parar provocar el tembleque de mis delicadas piernas descubiertas. Elegí permanecer sentado apretando la mano de mi madre mientras los hombres de papá le miraban con respeto.
Yo era demasiado pequeño como para pensar en mi futuro, pero no dejaba de hacerlo. Deseaba que algún día me mirasen como lo hacían los hombres de papá, que nunca me llevasen la contraria y siempre obedecieran a mis palabras. Me gustaría andar como él por un barrio en el que todo el mundo me admirara y me obsequiara con regalos. Sin embargo, me aterraba la idea de imaginarme a mis hijos incapaces de levantarse para abrazarme.
(Patricia Rodríguez Aranguren, cuento)
30 octubre, 2012
Puntualidad
La puerta está cerrada. No han pasado ni cinco minutos desde que dieron las 9, pero dentro la clase ya ha debido de empezar y te has quedado fuera. Ese es el momento en que decides si entras o no, pero realmente no es ningún momento, solo un instante en el que pasa por tu mente una información cargada de consecuencias, culpabilidad, objetivos, inseguridad, orgullo, frustración, promesas…Te despertó la alarma, programada para sonar a una hora minuciosamente calculada. Aunque odias ese momento del día, no permitirte volver a llegar tarde será tu motivación para salir de la cama. Levantándote a esa hora no andarías mal de tiempo, incluso podrías dormir más. Solo necesitas desayunar, vestirte, acicalarte, preparar la mochila y salir de casa. Pero tienes el don de perder el tiempo, todos los días, cada uno por algo diferente. Madrugas más que nadie sabiendo que sería imposible no llegar a la hora exacta en el momento indicado, pero te equivocas. Puedes programar el despertador 10 minutos antes, pero dará igual, porque perderás 10 minutos más haciendo algo que ni tú mismo sabes qué es.
Apuras los últimos minutos antes de salir de casa. Agobiándote mientras buscas las llaves o la cartera, terminando de lavarte los dientes, contando el dinero que llevas encima o repasando que no olvides nada, algo de lo que nunca, ni un solo día, has estado seguro. Apartando la mirada de cualquier reloj, concentras en esos minutos lo que deberías haber hecho en todo el tiempo que tenías. Hasta que tú y el estrés que te acompaña bajáis el ascensor, mirando la hora, calculando el tiempo que necesitas y el trayecto que tomarás.
Andas por la calle pensando en el tiempo que te costará llegar. Podrías dar esa clase por perdida, relajarte e ir a la siguiente, mientras das un pequeño paseo que no durará más de los 50 minutos de clase. Hacer algún recado, mirar cualquier escaparate sin prestar demasiada atención o hacer tiempo en la cafetería de la facultad. Sin embargo, no consigues hacer nada de eso sin tener la total seguridad de que no entrarás a tiempo. Te sientes moralmente incapaz de abandonar el intento, quieres llegar, necesitas llegar para poder justificar las horas de sueño que a las que renuncias madrugando diariamente.
Un reloj impreciso te muestra los minutos en los que deberías estar ahí. Decides pensar que ese es justo el tiempo que necesitas, eliminas toda posibilidad de llegar tarde para acelerar el ritmo. Esas prisas con la que caminas, en una respiración entrecortada, sintiendo en tus piernas la presión cardíaca, no solo tendrán consecuencias, también te cargarán emocionalmente. A cada paso que das merecerá más la pena esa carrera a contrarreloj, o por el contrario, se convertirá en un esfuerzo inútil. Logrando entrar en el aula te sentirás orgulloso del esfuerzo de los últimos minutos, pero culpable ante las horas desperdiciadas en casa. Te prometerás organizarte mejor, tanto si llegas como si no. Te comprometerás a mejorar a partir de mañana, igual que hiciste los días anteriores.
Esta promesa se llena de rabia cuando la hacemos fuera del aula, al otro lado de la puerta. La preocupación en cada uno de esos pasos que diste para llegar hasta allí te obligará a abrir la puerta y entrar en clase, dejando en manos del profesor tu asistencia, pero demostrándole una vez más tu impuntualidad. Sin embargo, la carga de haber sido capaz de invertir el tiempo te hará darte la vuelta con tu culpabilidad. Posiblemente creas que no te mereces interrumpir así la clase, no hasta que logres centrarte y llegar puntual sin necesidad de apurar el último trayecto. Una frustración que te hace replantearte cómo eres, cómo actúas y cómo podrías actuar. Confías en ti, en tu potencial. Vas a la biblioteca buscando algo con que ocupar esa falta de realización, un trabajo para adelantar o algún examen que puedas ir preparando. Mañana será otro día, una frase que está demasiado oída, pero no por ello deja de ser cierta, ya que de mañana dependerá que no vuelvas a hacerte esa promesa de puntualidad.
(Patricia Rodríguez Aranguren, escena costumbrista)
23 octubre, 2012
WhatsApp para estudiantes
-¿Cómo lleváis el examen? -preguntará algún compañero,
generalmente aquel que, por tenerlo bien preparado o por simple aburrimiento,
ha dado por finalizado su estudio-. ¿Os lo sabéis ya todo? -Son las preguntas
que darán paso a una conversación por WhatsApp en el grupo de clase, después de
una tarde en la que, como suele ocurrir la víspera del examen, apenas se habían
enviado mensajes.
Las últimas notificaciones se habrían recibido poco después
de las 13 horas, en esos minutos en los que cada uno sale de clase esperando
juntarse con los demás. Mensajes que preguntan: “Dnd stais?”, repitiéndose y
juntándose con otros que dirán: “K vais a acer?”. Patadas al diccionario que
justificamos con las prisas, la inmediata necesidad de respuestas a lo que
pretendía ser un "¿Dónde estáis?" y un "¿qué vais a hacer?".
Generalmente contestaríamos: “Estoy ya en la villavesa”, pero tratándose de un
día como hoy cambia la respuesta. Mañana hay examen, si hay un momento para
remontar todo lo que no se ha trabajado hasta ahora es este.
Para algunos la única forma de sacar algún rendimiento a la
tarde sería una jornada intensiva en la biblioteca. "Vamos a la
cafetería", "yo acabo de salir”, "estoy aun en la
copistería", serán algunas de las respuestas que precederán a mi pregunta:
“¿Quién se queda a estudiar?”.
Como ocurre en cualquier cuadrilla de estudiantes, habrá
quien prefiera estudiar en su casa. Es comprensible, no todos tienen la misma
necesidad de compartir dudas y apuntes con sus compañeros. Aunque pueda parecer
egoísta o competitivo, sería injusto si su esfuerzo se acaba desgastando en
compensar la falta de trabajo de los demás. El compañerismo lo encontramos
cuando equilibramos esta balanza.
-Yo me quedo, ¿tú también? -A partir de esta respuesta sabes
que no pasarás solo las cinco o seis horas que te planteas dedicar a estudiar-.
-Vale, yo también, pero me iré pronto que luego tengo
prácticas. -Va aumentando la compañía, y con ella la ayuda o la distracción.
Eso sí, normalmente son ambas, y combinarlas hará que el estudio resulte más
ameno a la vez que productivo.
-¿Hasta qué hora estaréis? Igual voy a casa a comer y luego
vuelvo. -Mentira. Ese "igual" dice demasiado. Una vez que has llegado
a casa la pereza podrá contigo, y lo que estudies lo estudiarás ahí, evitándote
el trayecto de ida y vuelta, con el tiempo que este conlleva. Sin embargo, la
respuesta del amigo será: “Yo estaré hasta tarde. Si eso luego nos vemos”, y le
guardará un sitio a su lado, aun sabiendo que seguramente no vendrá.
-¿Vas ahora?
-Sí.
-Yo también. -Unos segundos después vuelve a escribir-
¡Espérame! Salgo ahora de la cafetería.
-Vale. Estoy en la entrada. Date prisa. -Y en el tiempo que
tarda en apagarse el cigarro, tu compañero ha llegado.
Ahora toca entrar en la biblioteca, buscar una silla libre
entre todos esos "guárdame un sitio" que solo servirán de asiento
para una chaqueta y un cuaderno. Nos instalamos en la biblioteca, comparamos
nuestros apuntes, resolvemos nuestras dudas, compartimos nuestros esquemas,
vamos a por un café, volvemos y estudiamos hasta que cierran la biblioteca.
Cuando llegamos a casa nos damos cuenta de todo lo que aún
nos queda por estudiar, y justo en el momento en el que ya hemos organizado cómo
invertir el tiempo que tenemos: vibra el móvil. “¿Cómo lleváis el examen?”. Un
nuevo mensaje en el WhatsApp grupal de clase.
(Patricia Rodríguez Aranguren, escena costumbrista)
16 octubre, 2012
Movies & comics, the exhibition
La exposición Movies & Comics llegó a Pamplona el
viernes 5, tras haber pasado por El Corte Inglés de distintas ciudades.
Permanecerá en la 8ª planta de este establecimiento hasta el 3 de noviembre. Se
anuncia bajo la imagen de aquellos
superhéroes que saltaron de los míticos cómics al mundo del cine. Entre ellos aparece
Thor, Capitán América, Hulk, Iron Man, Spiderman, Green Lantern, Batman,
Superman, Wonder Woman…Sin ningún tipo de entrada requerida y con un horario de
10 a 22 horas, el centro comercial nos muestra diferentes iconos
cinematográficos en figuras a gran escala, objetos de colección y piezas cedidas
por sus productores.
La primera e impactante figura la encontramos expuesta nada
más acceder a esta última planta. Mientras avanzan las escaleras mecánicas van
descubriéndose los dos metros de altura que mide la representación de Batman,
aquel superhéroe que nos enseñó a valorar el intelecto humano al nivel de los
superpoderes. Dejando atrás a este personaje de DC Comics y a los niños que
esperan el turno para sacarse una foto junto a él, continua el recorrido
rodeando la sala.
A pocos metros se puede ver otra figura de la misma escala,
en este caso se trata de uno de los míticos soldados imperiales que aparecen en
La Guerra de las Galaxias, un clon de armadura blanca, con su pistola láser y
ese casco tan característico de la saga cinematográfica. Junto a él podemos ver
otras representaciones de la misma película. Protegidas bajo una pecera
rectangular comparten espacio los bustos de C-3PO y Boba Fett, realizados
detalladamente a escala real; y personajes como Darth Vader o R5-D4 en figuras de
poco más de 20cm.
La siguiente pared de la sala aparece cubierta por varias
vitrinas a modo de escaparate. La primera de ellas muestra distintos personajes
de los cómics DC: Superman, Batman, Green Lantern, Jocker, Wonder Woman… además
de algunos complementos como el Bat-pod o el Batmóvil.
La vitrina contigua corresponde a las figuras de los cómics
Marvel, con personajes emblemáticos como Los 4 Fantásticos, Spider-Man, Capitán
América, Los Vengadores, Iron Man, Thor, Hulk, incluso algunos de los X-Men. Repeticiones de superhéroes en movimiento, adecuándose a las distintas
situaciones que aparecen en sus historias.
El resto de la pared dedica sus vitrinas a una saga
cinematográfica de James Bond. Tras el cristal se expone al Agente 007
interpretado por los distintos actores que han protagonizado las 23 películas:
Sean Connery, George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y
Daniel Craig. Además cobran protagonismo los coches de la saga, de los cuales
se exponen numerosas miniaturas propias de coleccionistas; junto otros
personajes, generalmente femeninos, que protagonizan el filme.
El centro de la sala está compuesta por pequeñas mesas cubiertas con cristales. En el interior
se muestran personajes de diferentes películas: Legolas, Gimli, Elrond y Arwen
de El Señor de los Anillos; Jack Sparrow, Barbosa y David Jones, de Piratas del
Caribe; el embajador y un soldado marciano, de Mars Attack; Peter Pan y el
Capitán Garfio; Vito Corleone, de El Padrino; Scarface, de El Precio del Poder,
Indiana Jones... Además, encontramos algunos de los transportes utilizados en
estas películas: el NCC-1701, de Star Trek; el coche de Los Cazafantasmas; la
máquina del tiempo, de Regreso al Futuro; o el Halcón Milenario, de Star Wars,
son algunos de ellos.
(Patricia Rodríguez Aranguren, crónica de una exposición)
02 octubre, 2012
Into Eternity
El pasado lunes arrancó la decimotercera edición del
Festival de Cine de Pamplona, tras la inauguración realizada dos días antes, en
la cual se estrenó la última película de Luis Arellano y Carlos Maldonado,
“Memorandum”.
Este festival se celebra desde que Iñaki y Javier Sarasola
realizaron, en el año 2000, el primer concurso de cortometrajes nacionales de
ficción desarrollado en la capital navarra. Esta edición tan solo contaba con
una sección, Alternatif. Ahora cuenta con 6 diferentes, cada una de ellas
dirigida a concursos o muestras, con público diferente y variado, con un
programa donde encontramos desde proyecciones adaptadas a discapacitados hasta
películas educativas.
En la cuarta edición del festival se creó la sección Valor
Visual, destinada a las ONG y la proyección de sus documentales, un debate
abierto donde tratar problemáticas globales, un nexo de unión entre el cine y
los colectivos sociales. El XIII Festival de Cine de Pamplona ha contado en
esta sección con documentales de origen danés, estadounidense, egipcio,
mexicano y zimbabuense. Estos se han proyectado gratuitamente a las 19:30 h en el
Civivox Iturrama.
Los organizadores presentaron el primer documental, “Into
Eternity”, del director danés Michael Madsen. con medio aforo ocupado, unas 50
personas, mayoritariamente estudiantes y jubilados. A continuación proyectaron los 75 minutos del
filme danés. La acción transcurre en Finlandia, donde está teniendo lugar la
construcción del primer cementerio nuclear, a través de un sistema de túneles
subterráneos excavados en la roca.
Centrales nucleares de todo el mundo producen cada día
enormes cantidades de residuos altamente radiactivos. Estos pasan a colocarse
en un almacenamiento intermedio, donde son vulnerables a los desastres
naturales o efectos provocados por el hombre.“Into Eternity” narra los
problemas de seguridad a largo plazo en la producción de esta energía. La película está ambientada en
Onkalo (“escondite”), el primer lugar de almacenamiento permanente para los
residuos nucleares.
Pero no solo Finlandia produce estos residuos, todos los
países con instalaciones nucleares deben lidiar con los desechos por lo menos durante 100.000 años, tiempo
requerido para para evitar el peligro de la radioactividad. Con el desastre de
Fukushima, Japón tiene residuos nucleares
adicionales. Onkalo es una instalación subterránea, pero Fukushima está
por encima del suelo, expuesta a los fenómenos naturales, los desastres de la
guerra y la crisis económica. Los reactores, que sufrieron colapso total o
parcial, necesitarán estar permanentemente controlados y mantenidos durante
miles de años.
El documental muestra cómo, una vez que almacenados los
residuos, el depósito debe ser sellado para no volver a abrirse nunca, o eso
esperan sus constructores. Pero, sin embargo, esto es algo que no pueden
asegurar, y a lo largo de la película una voz en off se encarga de plantear una
serie de dudas: ¿Cómo es posible advertir a nuestros descendientes de los
residuos mortales que dejamos atrás? ¿Qué idiomas y señales van a entender? Y
si lo entienden, ¿respetarán nuestras instrucciones?
Mientras las máquinas continúan excavando en la oscuridad de
la roca, los expertos buscan una solución para el peligro que suponen estos
residuos.
(Patricia Rodríguez Aranguren, crónica de un festival de
cine)
25 septiembre, 2012
Backflip
El pasado sábado tuvo lugar en la sala El Bafle el primer
concierto de Backflip desde la
incorporación del nuevo guitarrista. Estos jóvenes pamploneses no salieron al
escenario hasta poco después de las 23 horas, tras finalizar las actuaciones de
los otros dos grupos locales que completaban el cartel.
Los encargados de abrir la noche fueron Cero a la Izquierda,
a las 22 horas. Una banda caracterizada por la defensa del rock nacional, que
alterna temas propios con versiones de
grandes artistas del panorama estatal. Artistas como Barricada, Marea, Platero
y tú, la Fuga y Extremoduro son las principales referencias de estos jóvenes.
Su actuación no duró más de media hora, y durante todo el tiempo que ocuparon
el escenario recibieron el apoyo de un público realmente comprometido. Sus
letras en castellano engancharon a toda la gente de la sala, emocionando con
sus rimas poéticas y ese ritmo melódico tan característico del rock local.
El segundo grupo del cartel fue Hooked on Time, con un
sonido más americano que los anteriores. Los chicos de Hooked aprovecharon para
presentar su primer disco, “El fin de un Origen”, con el cual planean darse a
conocer a nivel nacional durante la gira que les llevará por las principales
ciudades españolas. El grupo, conocido por haber teloneado a Marvin, Puk2 o Got
Cash, recibió la respuesta esperada y, consiguió animar el ambiente del local.
Tras tocar los 11 temas del disco que presentaban, cerraron su actuación
versionando un tema de los canadienses Sum 41, “The Hell Song”. En esta
canción subió a colaborar Javitxu,
batería de Backflip y logró la participación de un público que no tardó en
demostrar su admiración por este estilo de punk-rock tan americano.
Al terminar la canción, sin dejar ocasión de recuperar el
aliento a los presentes, bajaron del escenario los integrantes de Hooked,
dejando en él a Javitxu, quien no tardó en tomar su posición en la batería. Al
momento se incorporaron el resto de Backflip, Martín al bajo y Sergio a la
guitarra. Empezó a sonar la guitarra, no parecía que el público reconociese la
melodía. Una vez instalado Martín junto al micrófono presentó la canción
“Misunderstood”, que al igual que la siguiente, “Antisocial”, se trataba de uno
de los temas que incluirán en su próximo disco.
Se podía apreciar que se trataba de dos nuevas canciones. La
gente no saltaba ni cantaba ni se movía como con otras canciones. Simplemente
se dedicaban a escucharla, con movimientos relajados y poniendo toda su
atención en la música. El aforo que ocupaba la sala era de unas 80 personas, la
gran mayoría caras conocidas para los miembros de Backflip. Amigos y amigos de
amigos llenaban el bar. Entre ellos también se encontraban integrantes de otras
bandas, como Andrés y Erro de Marvin o Iker Piedrafita de Dikers.
El tercer tema que tocaron contó con la colaboración a la
guitarra de Nico, bajista de Hooked. Interpretaron una versión de los
californianos No Use For A Name, “Coming to close”, con una fuerza y una
emoción que lograron transmitir a todos los oyentes. Antes de que las últimas
notas dejaran de sonar, Martín agarró el micro y, mirando emocionado, anunció
la incorporación de Nico al grupo, presentándolo como el nuevo guitarrista de
Backflip.
Tras este momento que provocó una reacción de sorpresa e
ilusión entre los asistentes, procedieron a tocar los seis temas de su última
maqueta, “Do it yourself”. En esta ocasión la respuesta del público fue mucho
más participativa, sobre todo en “Sk8”, tema utilizado para el videoclip
promocional de la maqueta.
Finalmente, tras 45 minutos sobre el escenario, Backflip
cerró su actuación con una canción que aparecerá en el próximo disco junto a
las dos primeras del concierto. Este nuevo tema lleva el nombre de “Nuestro
mundo”, con una letra en castellano capaz de identificar a cualquiera de
nosotros y una melodía a modo de himno. De esta forma, con otra formación del
grupo y tres adelantos de lo que sonará en su disco, dieron fin a la noche.
(Patricia Rodríguez Aranguren, crónica de un concierto)
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